No soy pediatra. Soy un papá que se cansó de no saber a quién creerle.
Estudio en la Universidad Nacional, en Bogotá, y hace un tiempo mi hija Elena dejó de dormir, y probé todo lo que encontré. El problema es que encontraba de todo: un foro decía una cosa, un video decía la contraria, una tercera persona decía otra. Nadie citaba nada. Eran solo opiniones.
Se lo comenté a la pediatra y me dijo algo que no me esperaba: «investiga tú, hay opiniones para todo». Tenía razón, pero me dejó con cientos de pestañas abiertas y ninguna forma de saber cuál valía la pena.
Así que me senté a hacerlo con calma. Pasé cerca de nueve meses leyendo estudios, separando lo que tenía respaldo serio de lo que no, y anotando de dónde salía cada cosa. Terminé con algo ordenado: más de dos mil fuentes revisadas, las afirmaciones que de verdad se sostienen marcadas según qué tan fuerte es la evidencia, y una lista de casos concretos ya resueltos.
Lo armé primero para mí. Después pensé que, si a mí me sirvió, tal vez le sirva a alguien más que esté igual de perdido a las tres de la mañana. Por eso lo abrí.